Cuando la conducta habla: ¿qué necesita realmente el Sistema Nervioso de un niño?
Una mirada diferente sobre aquello que solemos llamar “mala conducta”.
Porque un niño que corre, grita, empuja, se niega a participar, dice muchas groserías o parece no poder quedarse quieto no necesariamente está intentando “portarse mal”. Muchos adultos pasan horas explicando, mostrando, pensando estrategias y recursos para “mejorar” esas respuestas al entorno que son las “conductas no esperables”. Pero la conducta nos está mostrando algo, y aprender a observar eso puede cambiar por completo nuestra manera de acompañarlos.
Hay algo que aprendí de los niños durante las clases de yoga y me gusta compartirlo cuando toco este tema de la conducta.
Todos los viernes llegaba a la clase un niño visiblemente inquieto. Interrumpía a sus compañeros cuando hablaban, no podía seguir las reglas mínimas de cuidado y respeto del espacio personal; quedarse quieto era prácticamente imposible. Manifestaba conductas que resultaban difíciles de comprender en el ambiente socioafectivo que diseño en estos encuentros.
Al principio me sentí impotente, frustrada; me preocupaba el bienestar de los demás niños y el no poder llegar a compartir ni la mitad de lo que había planificado. Hasta que una tarde, en medio de la merienda, solo hice silencio y observé. Observé sin juicio, sin historias previas, con una mirada blanda y abierta, a ese niño a quien no solo yo, sino también los otros niños corregíamos muchas veces durante las dos horas que dura el encuentro.
En ese momento me interesaba entender. No buscaba justificar una conducta, sino comprender qué podía estar expresando el niño y qué sentía yo que debía hacer. Y ese tiempo en que me permití no intervenir, sino solo observarnos a los dos, cambió todo lo que vino después.<br>
La conducta es visible, la necesidad no siempre lo es…
Cuando un niño empuja o pega, ¿qué solemos hacer o decir los adultos? “No se pega”, “respetemos los espacios personales”.
Cuando grita: “no levantes la voz”, “baja la voz”.
Cuando interrumpe: “esperá tu turno”, “escuchá a tu compañero”.
Cuando no quiere participar: “Todos están haciendo la actividad. Vos también podrías hacerla.”, “te va a hacer bien practicar esta respiración”.
Muchas de estas intervenciones pueden ser necesarias, porque los niños necesitan límites y claridad en el mensaje. Pero más allá de poner límites, debemos preguntarnos:
¿Qué está ocurriendo en el cuerpo del niño? ¿Qué puede estar necesitando su sistema nervioso?
Desde la mirada de la Teoría Polivagal, podemos pensar que nuestro sistema nervioso está permanentemente recibiendo información del entorno y organizando respuestas frente a aquello que percibe como seguro, incierto o amenazante. A este proceso se lo denomina neurocepción: una evaluación automática que ocurre sin que tengamos que decidir conscientemente si un ambiente es seguro o no.
Por eso, antes de pedirle a un niño que se siente, que escuche o que controle una emoción, puede ser necesario preguntarnos si su organismo está disponible para hacerlo. Si puede hacerlo en ese momento, o no.
En el manual de Yoga Integral para Niños basado en el Método de los 4 Dominios del Ser, que forma parte de este proyecto, ya planteábamos la importancia de atender la vida interior del niño, y señalábamos que un niño tenso, estresado, ansioso o angustiado difícilmente pueda estar disponible para aprender o socializar.
Te propongo intervenir, pero de otra manera: desde otra mirada, con otra intención.<br>
¿Qué solemos darle al niño y qué podría estar necesitando?
Esta es una de las preguntas que más me interesa llevar a familias y profesionales. Muchas veces ofrecemos exactamente lo contrario de aquello que el cuerpo está necesitando. Para que la propuesta quede más clara, pensé en este cuadro:
| Si observamos… | Habitualmente ofrecemos… | El sistema nervioso podría estar necesitando… |
|---|---|---|
| Corre sin detenerse. | “¡Quedate quieto!” | Movimiento organizado antes de pedir quietud. |
| Habla muy fuerte. | “¡Bajá la voz!” | Un adulto que modele un ritmo más pausado y un ambiente con menos estímulos. |
| Evita el contacto visual. | “¡Mirame cuando te hablo!” | Tiempo para orientarse y relacionarse sin sentirse presionado. |
| Se aferra al adulto. | “Ya sos grande, podés hacerlo solo.” | Confirmar que ese adulto seguirá disponible mientras se anima a explorar. |
| No quiere participar. | “Tenés que hacerlo como los demás.” | Recuperar la sensación de seguridad y ofrecer una posibilidad de elección. |
| Cambia constantemente de actividad. | Más consignas y más estímulos. | Una propuesta simple, clara y un ambiente menos cargado. |
| Dice muchas groserías. | Reto, vergüenza o castigo. | Un adulto que pueda mirar más allá de las palabras, poner un límite claro y ayudarlo a encontrar otras formas de expresar aquello que le pasa. |
| Empuja, pega o muerde. | “¡No se pega!” como única respuesta. | Límite seguro, acompañamiento y una posibilidad de organizar corporalmente la intensidad que está atravesando. |
| Se queda inmóvil o parece desconectado. | “¡Prestá atención!” | Tiempo, orientación y una invitación suave a volver al cuerpo y al entorno. |
| Interrumpe constantemente. | “Esperá. No interrumpas.” | Experiencias progresivas de espera, previsibilidad y un adulto que pueda acompañar la impulsividad sin etiquetarlo. |
| Llora ante pequeñas frustraciones. | “No es para tanto.” | Validación, co-regulación y tiempo para atravesar la emoción. |
Importante: con esto no pretendo establecer una relación automática entre una conducta y una necesidad. La misma conducta puede tener diferentes causas, y cada niño necesita ser comprendido en su individualidad y su contexto.<br>
No se trata de quitar los límites
Este punto me parece fundamental desarrollarlo un poco más. Hablar de regulación del sistema nervioso no significa que, desde esta mirada, vamos a permitir cualquier conducta. Un niño que pega necesita saber que no puede lastimar a otra persona, y un niño que insulta necesita encontrar límites. La regulación del sistema nervioso no reemplaza el límite claro, amoroso y saludable, pero sí lo habilita.
Desde la mirada polivagal, cambia la manera en que ponemos ese límite. Podemos decir:
“No voy a permitir que pegues. Estoy acá. Vamos a buscar otra manera de sacar toda esa fuerza.”
En lugar de:
“¡Qué bárbaro! ¿Cuántas veces te dije que no se pega?”
En una respuesta hay límite claro y vínculo cultivándose, mientras que en la otra puede haber límite, pero también vergüenza, amenaza o desconexión afectiva. Y esto importa mucho, porque el adulto también forma parte del entorno que el niño está percibiendo.<br>
¿Qué podemos hacer en la práctica?
Podemos comenzar con pequeños cambios.
Antes de pedir quietud, preguntarnos si necesita movimiento
Si un grupo llega acelerado, quizá no sea el momento de comenzar sentados. Podemos proponer: caminar; empujar una pared; transportar almohadones; imitar animales; sacudir brazos y piernas; hacer movimientos amplios; caminar lentamente después de una actividad más intensa. Primero organizamos el cuerpo y después pedimos atención.
El adulto también forma parte de la regulación
Esta quizás sea una de las ideas más difíciles de incorporar, porque cuando un grupo está alterado, cuando un niño grita o cuando dos compañeros se están peleando, nosotros también nos activamos. ¡Y es comprensible! Queremos recuperar el control rápidamente, pero justamente allí nuestra presencia se vuelve una herramienta.
La forma en que hablamos, la velocidad con la que nos movemos, el tono de nuestra voz, la distancia que dejamos, nuestra respiración, nuestra capacidad para permanecer disponibles… Todo comunica. En el trabajo con niños, el adulto también es parte del ambiente que el niño está leyendo.
Una frase que resume mi trabajo con infancias y adolescencias es:
“Regular primero. Conectar después. Aprender desde la seguridad.”
Quizás una de las transformaciones más importantes en nuestra manera de acompañar a los niños sea dejar de pensar la regulación como algo que tenemos que enseñarles, y comenzar a verla también como algo que experimentan en relación con nosotros.
Un niño aprende poco a poco a regularse porque ha vivido muchas veces la experiencia de ser acompañado mientras atraviesa la desregulación. Esto no significa esperar que un niño esté perfectamente tranquilo para enseñarle, sino comprender que la seguridad y el vínculo son parte del aprendizaje.
Para más contenido sobre regulación del sistema nervioso en la infancia y el acompañamiento de las conductas desde una mirada polivagal, seguí explorando nuestro blog.


















