Cuando el cuerpo aprende a sostener
Hay años que simplemente se viven, y otros que nos transforman desde adentro hacia afuera.
El mío fue así: un año donde mi cuerpo, mi sistema nervioso, mi historia y mi presente caminaron juntos hacia un lugar de mayor coherencia, confianza y apertura.
No fue casualidad ni suerte. Fue un proceso. Fue práctica encarnada. Fue volver una y otra vez a lo que enseño y aprendo.
Un cuerpo que aprendió a estar disponible sin agotarse
Este año, mi sistema nervioso —ese sabio interno que guía nuestro estado de presencia— aprendió algo fundamental: puedo sostener más sin lastimarme, puedo mostrarme sin colapsar, puedo expandirme sin perderme.
Guié formaciones, acompañé grupos, recibí consultantes, grabé y publiqué decenas de reels donde puse voz, rostro y experiencia. Para muchas personas esto puede parecer natural; para mí fue una verdadera victoria interna.
Desde la mirada polivagal, cada una de estas acciones fue una oportunidad para ampliar mi ventana de tolerancia, para habituar a mi sistema al contacto, a la exposición, al liderazgo energético y emocional. Pude quedarme en mi eje mientras acompañaba a otros en los suyos. Pude sostener sin sentirme drenada.
Ese aprendizaje vale más que cualquier certificado.
Es experiencia encarnada. Es cuerpo que madura.
El yoga, el mindfulness y la meditación activa como sostén cotidiano
Este año no solo enseñé yoga y meditación; los viví como una brújula interna.
Mis mañanas, mis cierres de día y mis momentos de pausa se transformaron en espacios donde recordé quién soy cuando me escucho de verdad.
Respirar profundo cuando la mente se acelera.
Moverme consciente cuando la exigencia apremia.
Pausar cuando el cuerpo pide una tregua.
Observar sin juzgar cuando aparece la vieja voz de escasez y de abandono.
La práctica constante fue lo que me sostuvo en cada desafío, en cada duelo, en cada riesgo emocional tomado para seguir creciendo.
Ser mujer, mamá y profesional: un equilibrio que también se entrena
Como mujer, como mamá de tres hijas, como terapeuta y formadora, este año sentí que mis identidades dejaron de competir entre sí y empezaron a acompañarse.
Después de mi separación del papá de mis hijas con el que estuve casada, conviviendo casi treinta años, tomé decisiones que hicieron que mi vida fuera más mía. Me apoyé en mis recursos, en mis estudios, en mi propio trabajo interno para no volver a los viejos relatos de víctima o de carencia.
Elegí vivir desde la dignidad, desde la conciencia, desde ese amor propio que se expresa más en acciones que en palabras.
Este año me demostró que mi historia de sanación—incluyendo mi proceso con el cáncer—no es solo un pasado superado: es una fuerza disponible.
El regalo mayor: poder dar sin perderme, poder recibir sin culpa
Este año entendí que sostener a otros no tiene por qué significar olvidarme de mí.
Pude trabajar más, acompañar más, enseñar más… y aun así sentirme más regulada que nunca.
Eso, para mí, es evolución.
Un tiempo para volver al centro
Ahora, después de tanto crear, acompañar y expandirme, siento el llamado claro a entrar en un tiempo de descanso consciente.
No lo nombro “vacaciones”, porque lo que voy a hacer es algo más profundo:
voy a regresar a mi Ser, a mis ritmos internos, a mi silencio nutritivo.
Un período para escuchar, reorganizar y reconectar.
Una pausa amorosa antes de abrir un nuevo ciclo.
Volveré con la misma entrega y más claridad
Pasado este tiempo de retorno interno, estaré nuevamente disponible para acompañar a quienes necesiten mis herramientas, mis formaciones y mis sesiones en el próximo año.
Gracias por acompañar este recorrido.
Gracias por leerme.
Gracias por estar del otro lado.
Ojalá mi proceso pueda recordarte que vos también podés expandirte sin romperte, crecer desde la regulación, transformarte desde el amor propio y sostener tu vida desde un cuerpo cada vez más seguro.













